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Voracidad



La sordidez, de Antonio Berni



Salí temprano con los patines. Fue un viaje extenso, y entre la ida y la vuelta conseguí escuchar la producción casi completa de una compositora. No es que puse play y dejé los más de diez discos sonando, pero seleccioné algunos temas de cada uno y me sumergí de lleno en el viaje sonoro. En algunas horas barrí más de tres décadas de creación, extirpando en una playlist algunos hits y otros temas menos conocidos, haciendo un recorte peculiar.


Me acordé de cuando seleccionamos lugares para visitar en un viaje, de la sensación de dejar siempre algo afuera y de la sospecha de que ahí está en realidad la magia que tanto buscábamos.


Pero lo que más me impresionó fue la posibilidad de resumir la obra de una vida en un trocito de tiempo, menos de un día en este caso. Desde hace algunas décadas podemos hacer eso con la producción musical, pictórica o filmográfica, tal vez incluso con la obra literaria de alguien. De un plumazo, consumir esa producción que precisó años de inspiración y fermentación, en un lapso mínimo (horas o días). Tan simple como tragar, digerir y descartar lo residual.


Nuestra digestión se acelera. También nuestra hambre. Ya consumimos, ya estamos en condiciones de más. Sin embargo, algo se pierde: decantación, fermentación, son procesos que necesitan tiempo.


Vuelvo a la obra musical que tragué en mi paseo sobre ruedas, en el nado superficial en esas aguas que adiviné abisales. Pienso con gula en próximas vidas cuya obra quiero deglutir, no creo poder detenerme.

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