Ser su propio viaje


Graphismes et deux croix, de Antoni Tapies


El viento no suena más que cuando las cosas le prestan su cuerpo. Por ejemplo, mi palmera. Componen algo juntas la palmera y el viento. El sonido no manifestado del viento sólo pasa a existir porque cada una de las varas puntiagudas que forman la hoja se entrechoca con las demás.

Pero me apresuro: no existe el sonido sino hasta que ese entrechocar, contagiado al aire, al agua, a las paredes incluso, rebota en la superficie de mi oreja, alcanza mi tímpano haciéndolo vibrar y es decodificado por mí como este estímulo (por favor que no pare). Entonces mi oreja, tímpano y toda la inteligencia corporal que participa en esa interpretación le prestan al viento su capacidad de afectación para que de ahí resulte un sonido.

Entonces, ¿dónde está el sonido? Está en el viento, en la palmera, en el aire, en las paredes de mi oreja, en el tímpano, en el cerebro…, sin todos esos elementos tendríamos apenas un fantasma. El sonido (pero no sólo él) es su propio viaje a través de las cosas, incluyéndonos entre esas cosas.