Ser multitud


Mandarina cósmica, de Federico Manuel Peralta Ramos



¿Es posible moverse en lo inesperado, volver locos a los astros, esquivar cualquier predicción? Eso permitiría crear futuros, integrar las huestes de lo imprevisible (“mi nombre es legión”, Mateo 5:9).

A veces imagino que hay partes mías desperdigadas por ahí. En proximidad a determinados seres soy distinta que en su lejanía. No es que haya pedazos que originariamente integraran un todo, como si se tratara de una taza partida. No existe un “originariamente”. Son simplemente fragmentos que funcionan en conjunto de una forma específica; tan solo lo hacen de esa manera cuando se acercan, físicamente o no.

Cuando me aproximo a vos en pensamiento, mi cabeza alberga otras ideas, inexploradas en soledad. No diría que me traiciono a mí misma, porque ¿quién y cómo es “mí misma”? ¿Esta ilusión de continuidad que se despierta toda la semana en la misma cama? ¿Este ser que rumia las palabras, las imágenes, que busca un silencio y un brillo deslumbrantes?

Soy tantas como los seres y espacios con los que me combino. Una oda a la incoherencia, un permiso para estar de visita y ser visitada, casi poseída. Y en medio de tantas posibilidades, aunque algún día abra los ojos en otra cama, un magnetismo irresistible me devuelve al hábito, que pareciera ser un vestido de piel. Entonces mi frontera se define y me dejo organizar por ella, porque amo tener un lugar donde volver.

Paso mucho tiempo tejiendo esta piel, haciendo que albergue más órganos, más reflejos, más músculos, más espacios vacíos. Quiero volverla tan elástica como se pueda, delgadísima al borde de ser transparente sin que pierda su resistencia.