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Recurso natural


Blue star, de Joan Miró


Se me acaban las palabras. Por qué hay que hablar, me preguntás. Y yo te digo no, no es que haga falta, pero me llama la atención esta ausencia. ¿Qué entenderás vos cuando yo estoy en silencio? ¿Me importa? ¿Debería importarme? Hago fuerza para hablarte, pero lo que sea que esté ahí es impronunciable. Algunos sonidos atraviesan la barrera. Son de una forma antes de salir y de otra muy distinta cuando finalmente lo hacen. En un estado anterior a las palabras, se mueven en el mundo de la sorpresa y del ridículo: balbuceos, gorjeos, ronquidos...

 

No es tanto una imposibilidad como una pereza supina ante la constatación del esfuerzo que lleva mover el aparato de significación: todo lo que sucede en simultáneo cuando es necesario, porque no parece haber hiato entre pensamiento y articulación de la palabra, lo contemplo como la cima de una montaña vista desde abajo.

 

Hay grandes chances de dejarse arrastrar por el torrente verbal: una palabra llama a la otra, se juntan por ansia de compañía o por miedo al vacío, te llevan de paseo a lugares distantes, te dejan a leguas de donde estabas, teniendo que ingeniártelas para volver. Puede ser divertido y también penoso.

 

Si en algún momento llegamos a vivir doce, trece, veinte décadas, ¿se nos agotarán un buen día las palabras? Me entra la sospecha de que tal vez nacemos con una cantidad limitada, que si no se acaba es porque no llegamos al fondo del recipiente. Y en ese instante glorioso vamos a escuchar cómo suena el universo.

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