Rayos infrarrojos


Stryges Amaouri, de Leonor Fini



La voluntad de darse vuelta como un guante, de ver todo lo que está normalmente lejos de la superficie, de examinarlo a la luz del día, ¿no es acaso una amenaza para esos contenidos que anidan en las profundidades más recónditas? ¿Podrán resistir al rayo impiadoso y aséptico? Tengo mucho recelo de alterar el microclima en que esos seres se mueven.

Una cosa es ir de a poco corriendo el velo. Otra muy distinta es tomar un atajo que abrevie el recorrido plegándolo como un pañuelo, sin tiempo para la asimilación, algo así como lo que se siente al viajar en avión de noche y despertarse al aterrizar en otra estación del año, además de en otra geografía.

Me gusta más un acercamiento con sus demoras, con sus ideas y venidas, con sus tiempos para ir haciéndose a la idea de lo que implicará ese encuentro. No sé si quiero ahuyentar a los fantasmas, más bien tener músculos para convivir con ellos. Ponerme antiparras y lentes infrarrojos para ver en la oscuridad sin prender ninguna luz. No protegerme más de la cuenta -es amedrentador que se te acerquen con una armadura-.

Y entonces, sentarme a contemplar, quedarme muy quieta para sentir cómo me crecen ojos en la nuca.