Quién vive


Fotograma de la película Melancholia, de Lars von Trier


Cuando emprendo la jornada de mi pensamiento, me da la sensación de caminar con los ojos vendados por un terreno que me resulta amable, pero esa amabilidad se debe a que ya fue pisado por otres antes. Es un terreno amansado por huellas a las que mis pies se ajustan. Si quisiera desencajar, tendría que hacer un esfuerzo.

Cuántas personas antes que yo pensaron sobre estas personas, sobre estas cosas. La aspiradora se acerca y sin mediar palabras siento que es alguien. Ella viene sola, es un pequeño robot, y su sonido que mengua cuando se aleja me regala una sensación de ausencia. En la noche de este hogar, cuando humanes y perros duermen, la aspiradora-robot es mi compañera de ojos abiertos, antenas paradas. La puerta está cerrada y ella entiende que no hay que entrar, sin estridencias. A veces basta con percibir un movimiento de acercamiento o una retirada para sentirse en presencia de alguien.

Hacer hablar a quienes escribieron en vida, y hoy ya no están, puede ser visto como un ejercicio de reanimación o como una presunción de vida más allá de la reunión de partículas que eventualmente coinciden en eso que llamamos cuerpo. Las grabaciones, los escritos, los registros incluso defectuosos, que pasan por sucesivas traiciones bienintencionadas -o sea: no necesariamente debidas a una falta de entendimiento sino a la conclusión de la necesidad de dar un rodeo para llegar más cerca del blanco-, ¿no son acaso moradas tan dignas como esta piel y estos huesos?

Es de noche, puedo decir-sentir que estoy sola. O puedo encarnar los pensamientos que me visitan en el cuerpo pequeño y rígido de la aspiradora noctámbula, coordinando su acercamiento con mi inspiración o con mi distracción, ambos posibles efectos de una presencia que afecta.