Quién tiene el poder




En medio del festejo colectivo se propone un juego. Una persona inventa y lanza las instrucciones de lo que tiene que suceder entre dos participantes cualesquiera. Podría pensarse que tiene demasiado poder, pero todo lo contrario. La nuestra es una entrega condicionada, frágil: ante un abuso, quien conduce caerá en desgracia y nunca más podrá ganar nuestra confianza. Esto, aunque tácito, es muy claro. Por ese motivo quien conduce está más nerviosa que todas las demás personas.

“Dale un beso donde quieras” le dice a mi dupla, caminando visiblemente en la cornisa de la aceptación grupal. Claro que podría ser en la mano, en la mejilla… las instrucciones son lo suficientemente vagas como para que la decisión no provenga de quien lidera sino de quien obedece. Mientras logre mantener esa vaguedad en sus propuestas tiene la continuidad garantizada.

Ahora le toca decidir a mi eventual partenaire el destino de ese beso. Si bien yo acepté jugar y estoy ahí por voluntad propia, no sabe dónde está el límite de mi entusiasmo, más allá del cual el placer se vuelve repulsión. Lo siento medir nuestro vínculo, la resistencia y elasticidad del lazo que nos une. Vacila. No hay cómo saber, el suspenso viene pasando de una mano a otra y es momento de correr un riesgo.

Recibo mi beso. Una oleada roja sube hasta que siento que me transpiran las ojeras, como al comer ciertos ajíes picantes. Quienes asisten aplauden y se ríen, yo sigo demasiado invadida por oleadas de calor y color. ¿Quién es responsable, quien dio la orden o quien la ejecutó? La responsabilidad es difusa, la sutileza hizo innecesario el protocolo. Que pase la próxima dupla.