Quedarse a dormir




La cama, de Henri de Toulouse-Lautrec


Algo se acaba, ahí viene una cierta tristeza. Mi tendencia es sobreponerme rápidamente y pasar a otro tema. Raras veces hago otra cosa que abandonarlo, pero últimamente me pregunto qué pasaría si tratara de resucitarlo, estirarlo todo lo posible, escapar del final.

Voy a lo de una amiga, tomamos la merienda, la conversación fluye, parece que pasamos por todos los temas, ¿qué más queda por hacer? Podemos cocinar juntas, como cuando éramos chicas; dormir juntas, hasta que una de las dos, rendida al sueño, pierda el hilo de la conversación.

Quedarse a dormir en la casa de alguien es una de esas prácticas socialmente aceptadas en la niñez y en la adolescencia. Más adelante, los encuentros amistosos tienden a ser más acotados. Me pregunto qué tipo de habilidad perdí, por qué dejé de caer en un exceso tan saludable.

La palabra carga una connotación negativa. Pensamos en excesos y en seguida caemos mentalmente en abuso, despilfarro, falta de mesura. Pero esto es diferente. Es dejar que se extienda lo bueno, es insistir en lo placentero que por un error (¿calculado?) cayó en la misma bolsa que lo vicioso. Es sacarse el traje culposo de lo socialmente correcto, es ceder ante lo imprevisible y hacer la prueba, que en el peor de los casos genera costra, y en el mejor abre la puerta de un universo.