Puente


Vidas paralelas, de Jorge Macchi



Voy a hacer el esfuerzo de articular un pensamiento coherente, que aúne la fragilidad y la fuerza.

Aspiro a producir el menor daño posible, aunque no espero que no me lo hagan. Llevo siempre un escudo protector, o mejor: me vuelvo una tortuga o un tatú, que no viven sin su coraza, forma parte de su esencia vital.

Reírme de la ofensa no es difícil. Lo duro es cuando es otre a quien ofenden, y nace el impulso del heroismo, de defender. Y si ese impulso se transforma en acto, genera cosas de la índole del castigo y la venganza, interviene la tan dudosa noción de justicia, caemos en ese terreno barroso que invariablemente nos encuentra preguntándonos: ¿qué repara todo esto? ¿acaso no es peor?

Cuando soy yo quien produce el daño, trato de evaluar los muertos y heridos. Hasta ahora todes sobrevivimos.

Cada vez que intento catalogar la injuria o medir el daño se me hace más y más patente la imposibilidad de esa tarea. No existe protocolo a priori, los encuentros necesariamente atraviesan un momento de tensión y, con suerte, llegan a un acuerdo a posteriori. No sé si es posible ahorrar la herida, pero compruebo que cuando cicatriza puede embellecer y fortalecer la piel antes inmaculada. Lo realmente mágico es cuando un puente nace desde esa cicatriz, sin resignar su fragilidad ni su fortaleza.