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Otras voluntades


El huevo cósmico de Hildegarda bon Bingen



Hay palabras que usamos en determinados momentos de la vida, y después ya no. Puede ser porque cumplieron su ciclo, porque pasaron de moda, o porque dejamos de usar la cosa que designan..., listo. Prescindimos sin mucho esfuerzo.


A veces son nombres de personas. La palabra no dicha o no escuchada por años, cuando viene a la memoria, deja de estar anclada en la arena calma del fondo y levanta polvareda al ser desenterrada. Una multitud de pequeñas asociaciones desfilan y se disputan nuestra atención, que se esfuerza por no perder ninguna.


En los bordes difusos del recuerdo buscamos: ¿qué más hay? Y cuando damos por terminada la tarea, encapsulamos otra vez ese sentimiento-recuerdo-cúmulo de asociaciones para volver a nuestras actividades corrientes, a las cosas que hay que hacer.


A veces llegamos al punto de hacer contacto con cosas o personas o músicas del pasado cuyos fantasmas han despertado súbitamente. Y si ese contacto sucede, si decidimos volver a ver esa película, o llamar a esa persona con quien hace veinte años no hablamos, nos asomamos al borde de un cráter. ¿Qué ecos resuenan ahí adentro?


Rebusco en mi memoria para repetir este proceso, para sentarme a observar todo lo que hasta hace un instante dormía. Es un bello ejercicio. Pero no tengo mucho tiempo, hay cosas que hacer. Atribuyo a eso mi falta de éxito y sigo adelante con el día, pero después descubro que no es solo eso. Lo que duerme en las profundidades no se despierta fácilmente con una voluntad laboriosa. Es más probable que un sueño o un encuentro inusitado —con la tapa de un libro olvidado, con lo que hay dentro de un cajón, con la conversación lejana— tenga más poder evocativo que nuestro afán de investigar. Para eso hay que sacarse de la vida cotidiana, un rato cada día, y ponerse en el camino de otras voluntades.


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