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Después de un buen tiempo de hacer “todo lo que quería” me empecé a sentir enjaulada. Lo que antes era espontáneo y agradable se había vuelto una rutina y una obligación, por lo tanto un encierro. La materia no había cambiado, era exactamente la misma. Tal vez fuese un efecto de la repetición.

Entonces di unos pasos y me salí de ese espacio. Las cosas fueron nuevas por un buen tiempo, hasta que un día la sensación de cárcel volvió a aparecer. ¿Podía ser que lo mismo que me había enamorado pasara a oprimirme con esa intensidad? Pues nada era “libre”. Sometidas al ejercicio sistemático, todas mis actividades terminaban encarrilándose y conduciéndome a lugares repetidos, rutinarios. Mis ganas de saltar la cerca terminaban apareciendo en los campos más abiertos, donde no había ningún vallado a la vista.

En algún momento entendí que esto simplemente me iba a suceder al cabo de un tiempo en cualquier área. Estar en movimiento, habitar diversos lugares y hacer muchas cosas al mismo tiempo podía funcionar como un paliativo, pero tarde o temprano el hastío y la sensación de encierro resurgían. Entonces abrí la mamushka.

En vez de seguir trasladándome para que cambiara el paisaje, me fui para adentro. Algunas capas que siempre estuvieron ahí se revelaron con el encanto de un estreno. Mis sentidos gastados no las detectaban, había que desempolvar unos nuevos aparatos perceptivos. Eso demandaba tiempo y dedicación, pero al mismo tiempo rebosaba sentido.

Desde afuera todo se ve casi igual. Algunas personas preguntan “¿qué novedades?” y cuando intento contar algo me encuentro abriendo una mamushka infinita, cuyo núcleo indivisible me esquiva cada vez.