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Muchísimo calor




Sauces al atardecer, de Vincent Van Gogh


La primera brisa trajo consigo un alivio desmesurado. El oasis avizorado en la extensión desértica, después de días de caminata. Padecimos una temporada de calor fuera de todo pronóstico, que fue agravada por el descubrimiento (o la constatación) de que nuestro sistema eléctrico no está en condiciones de resistir una demanda más elevada de energía: todos los aparatos de aire acondicionado del país prendidos al unísono.


No hubo un día en que no me acordara de la película "Brazil", esa tremenda obra dieselpunk que contiene los elementos de nuestra propia distopía: aires acondicionados que no funcionan en un mundo muy caliente, burocracias infames para hacer cualquier tipo de reclamo, errores que parecen estúpidos pero que terminan ocasionando la muerte, el sueño del amor romántico que a pesar de todo emerge como un fénix insidioso.


Y lo que más me recordó esa película fue la indiferencia con la que logramos atravesar este evento singular. Más allá de las conversaciones ineludibles sobre el calor y las elucubraciones sobre cuándo empezaría a bajar la temperatura, lo principal era continuar con todo como si nada raro sucediera. El tema es que no todo el mundo lo logra.


Voy a dar un ejemplo muy tonto y autobiográfico. Yo transpiro un montón. Me sudan el cuerpo y la cara, copiosamente, incluso en primavera, cuando la temperatura se levanta apenas un poco. Desde hace unas tres semanas, mi piel estuvo permanentemente cubierta por un rocío de sudor. En esos casos es un incordio saludar con un beso, dar un abrazo, incluso estar cerca de las personas y descubrir su perplejidad mientras te observan gotear. ¡Es imposible hacer como si nada pasara!


Conté con la complicidad de quienes me iba cruzando por el camino para no hacerme la situación aún más penosa, y finalmente no fue tan grave. Durante estas últimas semanas fui testigo de algunos actos de heroísmo, si puede ser así calificado desplazar la vida de un lado a otro, subiendo y bajando numerosas escaleras, en busca de un sitio con electricidad para continuar una existencia que, mal que mal, es la propia.


Tal vez después de un tiempo contemplemos este período inflamado como un evento molesto pero inofensivo. Es posible que no sea nada comparado con un apocalipsis mucho más ineludible. Pero mientras tanto nos cocinamos un poquito. Hay que ver si esa cocción dinamizó nuestras partículas, si activó algunas funciones adormecidas, o si ablandó nuestra resistencia a seguir consumiendo todo tipo de entretenimientos.


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