Morir bien


Nymphéas, de Monet



Aislar el cuerpo en un cajón, separarlo de la tierra, de la humedad y de los demás seres en cuyo contacto la transformación se aceleraría, es cultural.

Querer la cremación y visualizarla como una muerte más limpia, menos carnal, esconder el cuerpo a los gusanos y a la descomposición, es cultural.

Que morir sea siempre “sin querer”, es cultural.

La idea de que no se puede obrar sobre la propia muerte, que es algo que simplemente llega en algún momento aleatorio y que no puede ser previsto ni movido de fecha, es cultural.

No hablar en vida de la muerte, ni de los preparativos, ni de las medidas postreras, deja a la gente que te quiso librada a la infeliz tarea de adivinar tus deseos, de descubrir tus secretos póstumamente, y te priva de la felicidad de darles una mano desde antes en la tarea de organizar una muerte.

Pero no podés simplemente llegar y declarar: “cuando muera quiero esto y aquello”. Hay que preparar el terreno para que no se cierren los oídos al escucharte tocar el tema maldito.

Para morir basta estar vivo, dice DeRose en su libro Você está preparado para a morte? La noción de que es temprano para pensar en este tema no es válida. Es más fácil morir a cualquier edad que atravesar la mayor parte de las demás experiencias vitales a destiempo.

Mi abuela se murió dormida, una muerte que se considera plácida. Mi abuelo, que estaba a su lado, ni se despertó cuando ocurrió. Mi mamá me contó que su cuerpo sin vida tenía expresión de sorpresa. ¿Habrá tenido ella un momento de ver venir la muerte, aun en sueños? ¿Habrá podido encararla, darle la bienvenida, sentir algo ante la inminencia de la muerte? Qué triste morir en la inconciencia. Y sin embargo, es una forma de dejar la vida deseada por mucha gente.

Querer la muerte, desear la experiencia, integrarla a nuestras fantasías de futuro, más allá de la incapacidad de prever una fecha, más allá de estar demasiado felices con la vida, parándonos justamente en los hombros de esa plenitud, es inscribir otras formas de dejar de ser. Los momentos de máxima felicidad son momentos en que sabría morir bien.

Y con esa nueva forma de vincularnos con la cita ineludible, si nos toma por sorpresa, en esa fracción de segundo de mirar la muerte a la cara, tal vez consigamos abrazarla en vez de patalear.