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Iza Rutkowska, instalación en un orfanato


Pensamiento pre y poscolombino: qué espantoso sería que tu propio nombre, como el de Colón, se vuelva sinónimo de opresión de los pueblos. El uso de las palabras “colonizadores” y “colonizados” exilió para siempre al aventurero que iba en busca de las Indias Orientales, del territorio de su nombre. Las palabras, al igual que las cosas, al igual que las palabras… transforman y se transforman.


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Hay una invasión de mosquitos en plena ciudad. Me hablás de las cosas ambientales, mechando en la conversación este aluvión de pequeños chupasangres. Sabía que ibas a hacerlo, porque no estás tan sustraída como yo, tan reconcentrada como para no advertir los gritos del mundo, de un cierto mundo. Yo en cambio intento seguir sin ver nada, con la vaga sensación de que cualquier tema de conversación de ascensor cae en la banalidad. Pero a veces, una catástrofe natural llega al umbral de nuestros cómodos edificios, y el señor de seguridad no tiene tiempo siquiera de llamarnos por teléfono para avisar, y menos aún poder para permitir o negar el paso. Me cuesta distinguir entre la charla de ascensor y lo sublime que se cuela en las conversaciones, porque su estallido lanza esquirlas en todas direcciones.


Pasa el señor que hace la limpieza. Me pregunta cómo me llevo con los mosquitos.


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No sabemos nada. No tenemos ni idea de qué viene, ni cuándo. No tenemos cómo prepararnos. La fragilidad de la existencia, disfrazada de este montón de ropajes, de estos planes para el futuro, de estos artículos descartables. Paseemos. Perdámonos. Vivamos cada día el día antes de la muerte.


O…


Pensemos en el futuro, planifiquemos nuestra vejez, fantaseemos con el amor y el dinero, no gastemos nuestros ahorros.