Lista de objeciones



Fresco minoico



Hay personas que tienen dificultades para mirar a otro lado. Cada vez que alguien se comunica con ellas, desata una serie de objeciones internas, de esas que impiden siquiera asentir con los gestos que en nuestra parte del mundo denotan la mínima cortesía (estos gestos cambian de una cultura a otra).

Como en la paradoja de Aquiles y la tortuga, las discordancias pueden subdividirse infinitamente, llevando a creer que es imposible el punto de encuentro. Probablemente todes pasamos por algún período así, en que nada es pleno, porque alberga en sí la sospecha de un desacuerdo. Esta asoma de todas las actividades y relaciones como un piolín tentador (nos preguntamos si lo que elegimos tiene sentido, si podemos en serio estar de acuerdo con lo que escuchamos de boca de otres, si bañarse realmente hace bien…) y si tiramos de ahí, en vez de emprolijar la prenda, iniciamos un proceso gradual de destrucción.

Hay tanta salud en hacer la vista gorda. No digo dejar de desconfiar, perder el estado de alerta o entrar en piloto automático; apenas asumir que cada cosa, cada ser, incluso cada elemento que nos compone es distinto a lo que tan groseramente llamamos “nosotres”. Que no hace falta estar unificade, siempre de pie, que arrodillarse o acostarse puede habilitar un nuevo punto de vista y también mostrar otro paisaje a quien tenemos delante.

Podemos atravesar los siglos y tener una conversación con Zenón de Elea: en su paradoja, ni Aquiles ni la tortuga podrían moverse porque el espacio es infinitamente divisible, pero se mueven. ¿Hay que estar cien por ciento de acuerdo para mantener un amor, elegir una carrera, aprender con alguien, seguir viviendo en una ciudad? Y lo más relevante para nuestra vida cotidiana: ¿es preciso tachar todos los ítems de nuestra lista de objeciones para ser feliz en un espacio o con les otres?