Lapsus de saudade

The king drinks, de Brueghel



Invitamos a les alumnes a las clases online, pero quienes se inscribieron en los últimos meses únicamente vienen a las pocas actividades presenciales. Me quedo pensando que no le veo la gracia, cuando antes no le veía la gracia a tomar clases online. Me doy cuenta de mi anacronismo: hoy algunas personas tienen sed de presencia, lo virtual satura, hace arder los ojos, no tiene olor…

Olfato, gusto y tacto fueron los tres sentidos relegados a la intimidad en la pandemia, mientras que la vista y el oído dieron unas zancadas hacia un protagonismo que ya habían conquistado, pero que ahora se transformó en imperio. La disminución o anulación de la percepción de sabores y olores que experimentamos algunes al atravesar el covid pareciera ser una invitación más a zambullirse sin reservas en el imperio audiovisual.

Y es entonces cuando viene al rescate la memoria. Me siguen alcanzando un montón de estímulos. Una degustación postrera de lo menos visible de tal o cual experiencia, un perfume del paisaje desértico, rocoso y tórrido al lado de un monasterio, tus rulos movidos por el viento, salvo ese mechón humedecido por tu saliva, ese tic que teníamos en la adolescencia de chupar y enlaciar un montoncito de cabello. El gusto del pelo mojado.

En ese rescate viene un mundo de sensaciones aletargadas pero vivas, sentarse ajustadamente entre dos personas, darnos las manos y reírnos fuerte sin cuidar el radio de alcance del aliento; no es que ahora no se pueda, pero es distinto. La cuarentena se vive diferente en cada país, pero también en cada hogar y en cada ser. Hay gente que continuó organizando y participando de fiestas con decenas de personas, gente que no sale desde hace muchos meses de su casa, hay quienes se enferman y se curan y se sienten invencibles, hay gente que se contagió ya dos veces… Más allá de cómo yo elija vivir la infinitena, cada ser circundante es una elección particular. No es tan fácil encontrar manos.