La historia del segundo puesto


Soft focus, pintura al óleo de Philip Barlow

Cuando miro una obra, si surte efecto, siento todo lo que habría sentido quien la produjo. Lo que “habría” sentido, es decir que no sé, tal vez no. Pero yo tengo una vivencia tan consistente, es casi un recuerdo de mí pintando esa obra, construyendo ese objeto, pegando los fragmentos que arman el collage.

En la película “El viento se llevó lo que”, de Alejandro Agresti, uno de los personajes tiene el (triste) don de descubrir los grandes hallazgos de la humanidad a través de su propio recorrido, siempre tarde, quizá décadas después que los pioneros.

Me pregunto si esa tardanza inhabilita lo valioso del descubrimiento. Llegar en segundo lugar, desde el punto de vista del reconocimiento público, es casi peor que no llegar nunca, porque significa que estuviste a un tris de alcanzar el único espacio posible de luminosidad. Por fuera de eso hay solo penumbra y desenfoque.

Imaginamos que quienes se demoraron hicieron un recorrido más tortuoso. Sin embargo puede haber sido apenas más divertido, detenerse a mirar lo que sucedía mientras tanto alrededor, permitiéndose un recreo o una exploración desviatoria.

Alguien escribirá un día la historia de quienes llegaron después, un poquito o mucho más tarde. Las segundas huellas no necesariamente pisan sobre las primeras, hay infinitas opciones de trayectoria para alcanzar un mismo punto. La sobrevalorización del resultado final es enemiga de la “pérdida de tiempo”. Me divierte el rescate del momento intermedio, de lo no acabado, del trayecto no lineal que se demora en la curva de un tiempo paralelo.