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La habilidad es el ajuste


Personaje en actitud de esfuerzo, cultura olmeca, 1200-500 a. e. c.



Es muy común que al escuchar música clásica te encuentres con pasajes apenas audibles y con secciones estruendosas. Si estás en un concierto, no hay más solución que aguzar la escucha o taparse los oídos. Si estás reproduciendo una grabación tenés la opción de ajustar el volumen manualmente. También se puede usar un compresor automático.


Cuando se aplica un compresor a la música, todo lo que pasa de cierto volumen se recorta y lo que es menor a determinada intensidad se amplifica, de manera automática.


Dado que somos seres de costumbre, es habitual que nos encontremos respetando un umbral de esfuerzo sin haberlo siquiera advertido: "más de este nivel de esfuerzo no, que puede aturdir; menos que esto tampoco, ya sería holgazanería". Por fuera de los límites configurados por los hábitos están los picos de intensidad, las rarezas, lo inolvidable, el silencio...


¿Se puede vivir sin compresor? Y en caso de que sí, ¿será una existencia desgraciada? Obviamente las respuestas son singulares. Explorar cuán variables son esos límites conduce a vivir otras vidas y destruye el prejuicio sobre cualquier grado de dedicación ajena.



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