Insistencia


La última noche en Creta vi la luna más roja de mi vida



Es de noche y estoy entregándome a este nuevo placer que es cenar sola en un restaurante. Soy desde muy chica frecuentadora de cafés en soledad, pero en este viaje estoy descubriendo esta otra práctica.

Hay una sola persona más en todo el restaurante de la villa cretense donde me hospedo. Me llama la atención que esté solo, es un señor mayor. No me crucé hasta ahora con ninguna otra persona viajando sin compañía. Llega mi comida y el huésped me desea “bon appétit” con una sonrisa. Agradezco en griego automáticamente, lo que no tiene sentido porque obviamente se trata de un forastero. “Efkaristo”, y le sonrío también. Un rato después estamos los dos, cada uno en su mesa, intentando registrar con nuestros celulares la mágica noche, cuando me ofrece tomarme una foto. “Sure, thank you”. Me saca dos y le saco otras dos a él. Durante el resto de la cena intercambiamos algunas oraciones, cada quien desde su mesa, elogiando la noche, la poca concurrencia y la comida casera que estamos degustando.

La noche siguiente llego al restaurante cuando él ya está sentado. “May I?” le pregunto. “Please!” Me siento a su mesa por deporte, por ejercitar mi escasa sociabilidad. Conversamos sobre mitología, nos contamos nuestra procedencia (alemán el señor, sesenta y ocho años) y me entero de que es profesor de inglés ya jubilado y que en este momento enseña a jóvenes de Ucrania. Al despedirnos, esbozamos la posibilidad de compartir un taxi al día siguiente, ya que todo es lejos de esta villa paradisíaca. Intercambiamos teléfonos. Nos despedimos con un beso en la mejilla. Creo que no se lo esperaba.

A la mañana siguiente nos encontramos en el desayuno y decidimos no tomar taxi, pero sí bajar hasta la playa, lo que nos lleva dos horas de caminata bajo un sol inclemente. La conversación sigue a buen ritmo y yo me felicito por mi sociabilidad y mi inglés desempolvado. Cuando llegamos a la playa ya extraño el silencio, pero las reglas tácitas de la buena convivencia ordenan no abandonar al compañero de viaje una vez que se llegó a destino. Me zambullo y me quedo un buen rato flotando, mientras él se saca la ropa y se queda con su diminuta malla a la moda europea. Cuando él se mete yo salgo. Después de un buen rato sale, invita un café y con eso recobro un poco el aplomo. Terminado el café nos tiramos a asolearnos, porque la diferencia de temperatura al sol y a la sombra acá en Creta es bastante grande y el cafecito bajo techo con el cuerpo mojado nos ha enfriado.

Hubo entonces un primer comentario sobre el tamaño minúsculo de mi bikini. Con cierta indignación estuve a punto de hacer un comentario malicioso sobre su malla, casi invisible gracias a la panza que se derramaba sobre ella. Pero me contuve.

A continuación me tiré de espaldas al sol y me ofreció pasarme protector en la espalda. “No, it’s ok” pero claramente entendió “Oh, it’s ok” porque en un segundo estaba acariciando con demorada parsimonia toda la parte de mi espalda que queda por encima de la tira de la bikini. Con una velocidad que debería haber sido elocuente para un buen observador, me senté y me adueñé de la tarea para evitar que este señor se confundiera y me pusiera crema en las piernas, por ejemplo. Pero no fue suficiente: hubo otra dosis de “do you need help?”. Innecesario.

Después no perdió la oportunidad de reclamar su ración. Le pasé crema de la manera más sumaria posible, solo en la espalda.

Unos instantes después hizo una alusión a las frutas que yo había llevado para picar, comparando su circunferencia abdominal con la mía, y en eso aprovechó para tocarme la panza desnuda. No lo podía creer. En mi prejuicio, un profesor alemán ya jubilado debería ser una persona muy respetuosa. Ya se comprueba una vez más la estupidez de los prejuicios.

Una nueva excursión al mar me permitió escapar por un rato al malhumor de constatar que todavía nos quedaba el retorno. Pero lo cierto es que caminando cuesta arriba no hay tantas oportunidades de invadir a la otra persona, salvo bloqueando el paso, lo que sucedió un par de veces porque lamentablemente nuestra caminata tenía que ser en fila y él iba por delante. En los momentos en que se detenía y me miraba mientras contaba alguna historia o explicaba algo gesticulando, invariablemente yo me recriminaba no haber frenado antes, para quedar más lejos de su espacio vital y asegurarme de que no se produjera un nuevo toque “inocente”.

Al llegar a nuestra villa ya me sentía bastante agotada. A la insolación se sumaba el esfuerzo de las últimas horas, intentando mantener la cortesía y un clima ameno para la caminata, y al mismo tiempo no dar chance a malentendidos. Cuando nos despedimos con un beso en la mejilla que me costó horrores, me retuvo preguntando si no podía darse una ducha en mi cuarto, porque la suya no estaba funcionando bien. A regañadientes acepto. Cuando llega al cuarto con su toalla y la misma pequeña mallita me agarran unas maliciosas ganas de reírme en su cara de sus intenciones no defraudadas pese a todas las evidencias, de su autoestima a prueba de sutilezas. Se baña por un largo rato con la puerta abierta de par en par, mientras yo me alojo en el balcón y no me muevo de ahí. De vez en cuando oigo algunas exclamaciones de alivio. Realmente la caminata fue intensa hasta para mí, con veinte años menos.

Espero a que termine y lo despido. A partir de ahí viene una sucesión interminable de pequeñas insistencias, invasiones, simulacros de preocupación que me agota rememorar. Baste por todo ejemplo que habiéndole avisado en un mensaje de texto que no iba a cenar porque me sentía mal, se le ocurre venir a tocarme la puerta y preguntarme desde afuera si estoy bien y si necesito algo. “I’m ok Christian, don’t worry” respondo desde la cama como un animal agazapado.

Lo eludo no sin esfuerzo durante toda la noche y el día siguiente. Con una sensación de triunfo termino de comer a las ocho la cena más temprana de mi vida, para evitar un cruce indeseado. Pero a las ocho y media, ya en mi cuarto, golpean a la puerta. No me muevo. “I want to say goodbye Yael”. Pienso muy fuerte “Fuck you Christian! I don’t” pero en vez de eso no digo nada, no me muevo, no respiro, soy un animal que descubre la presencia de un humano del otro lado y reduce sus signos vitales a su mínima expresión. El corazón sí latía como loco. Después de cinco eternos minutos en que no me doy cuenta de si aún está al otro lado de la puerta o decidió renunciar, me desentumezco y sopeso la cantidad de veneno en mi cuerpo. No poca.

No miro más el celular, tengo miedo de mi propia irascibilidad. Sé que si hay algún mensaje voy a querer ir a su cuarto a explicarle un par de cosas. Pero para qué, me digo, el señor tiene pene, casi setenta años, es profesor, vive en el norte global… no están dadas las condiciones para que pueda aprender algo de mí.

Sin embargo quiero mandarle este escrito. Quiero mandárselo a mucha gente. Quiero recibirlo yo misma en primer lugar. Sé que estuve en el lugar de Christian, más de una vez, ciega a las sutiles señales de no correspondencia y obstinada en sentir que no estaba avasallando, para lo cual la única forma era generar nuevas oportunidades de encuentro, que invariablemente remitían a la dinámica entre el predador y la presa.

Por eso puedo imaginarme cómo se debe sentir Christian en este momento: perplejo por mi súbita negativa a reencontrarlo, expectante por saber si habrá alguna nueva chance, confiado en que alguna de sus invitaciones será la que venza mi misteriosa resistencia. Hoy a la mañana pude confirmar que sí me había mandado un último mensaje después de golpear mi puerta, invitándome a mirar las fotos de su día. Lo único que pensé es “menos mal que no lo vi ayer a la noche”.