Frutos exóticos


El hombre con el hacha, de Liliana Porter



“¿Todo en orden, todo tranqui?”

Lo pregunto y me arrepiento todas las veces. Al preguntar anticipamos una respuesta, revelamos cuál es la correcta, y en este caso corrección es paz, pero también aburrimiento, chatura… Lo que decimos al saludarnos es una pregunta-deseo. ¿En qué momento estar en orden y estar tranqui se volvió una de las más esperadas respuestas a la hora de saber de la otra persona?

Me dirán que exagero. Que todo depende del tono con que se emite esa declaración, que por otras señales no verbales que acompañan la respuesta me entero del estado de ánimo de la otra persona mucho más que por la frase que eligió. Sí, pero no se puede ignorar el vehículo que elegimos, palabras de descanso y final.

Todo en orden. Ordenamos cuando la fiesta terminó, cuando las emociones bajaron. Después, no queda resto para mucho más, ya pasó todo: la expectativa previa, el clímax, ya se develaron las incertidumbres que porta cada encuentro. A dormir.

Todo tranqui. No cuestiono que sea un estado agradable, pero definitivamente no armo una fiesta anticipando el descanso cuando ya se fue todo el mundo. Si bien podría correr una maratón degustando de antemano la felicidad posterior de sumergir los pies en agua helada, es un estado que depende íntegramente de la acción anterior. Casi que no existe uno sin la otra. Pero entre estos dos, nuestros saludos privilegian retóricamente el estado yacente y pasivo que sucede a la acción.

La vuelta a la calma es elevada al estatus de recompensa, mientras que lo que se hizo previamente se reduce a un trabajo para-llegar-a. ¿Y cómo están las cosas antes de llegar a estar en orden y tranqui? Ajetreadas, inciertas, desajustadas, incógnitas. Me preocupa, al escribir estas palabras, restituirles esa entidad y cierta connotación de felicidad de la cual gozan “tranqui” y “en orden” en nuestros intercambios cotidianos.

“¿Todo ajetreado, incierto…?” no suena a la pregunta-deseo ideal para entablar una conversación. Un simple y trillado “hola”, al menos, no planta palabras en bocas ajenas. Y en todo caso prefiero sembrar extrañamiento antes que chatura, suele dar frutos más exóticos.