Formas de no hacer nada


Las memorias de un santo, de René Magritte


En mi cabeza resuena el interrogante “¿voy a dónde?”. Es una pregunta, pero empieza con la afirmación del movimiento, eso no está en cuestión. Empiezo y después veo. A veces eso me hace perder tiempo, voy haciendo algo y pasa un rato hasta que me doy cuenta de que en realidad otra tarea reclamaba mi dedicación en ese momento, algo más urgente o más deseado.

Es que me cuesta no hacer nada. Desconfío de ese vacío que no es tal. Mi vacío precisa ser laboriosamente producido, incluso es la perla más difícil de encontrar. El simple “no hacer nada”, cuando no media un esfuerzo, no me descansa. En general está poblado de ruido que no suma a la definición del deseo. Por eso, cuando no sé qué hacer, me pongo a hacer cualquier cosa, y sólo hago nada cuando sé que es eso lo que quiero.

Tengo dos formas placenteras y compensadoras de no hacer nada: una es parar de pensar. Requiere técnica y constancia. La sensación no es exactamente de ausencia de actividad, pero sí de un tipo distinto de percepción: como si abriera una compuerta para llegar a unas inspiraciones inaccesibles por cualquier otro camino. ¿Yo voy o ellas vienen?

La otra forma es agotarme. Dejarlo todo. Si es con movimiento, mejor, pero también puede ser intelectualmente. Es entonces cuando algo decide internamente que es imperiosa la nada y si me entrego, puedo ver el cielo despejarse de toda nube.

En ninguno de los dos casos hacer nada es una ausencia. Más bien es una presencia de algo otro, que parece distante cuando no lo veo pero cuando se revela es como el cielo, omnipresente en segundo plano. Amor al segundo plano.