Fabulación


Hildegarda von Bingen



"Llamaremos 'alternativas infernales' al conjunto de situaciones que no parecen dejar otra elección que la resignación o una denuncia que suena un poco hueca, como marcada por la impotencia, porque no da pie a nada, porque se remite siempre a lo mismo: es 'el sistema' en su totalidad lo que debería ser destruido". Isabelle Stengers y Philippe Pignarre.

La noche era fuente de temor. Las estrellas, sin embargo, traían cierto cobijo a nuestra alma atribulada. Amábamos el sol, que brindaba calor y luz a nuestras vidas.

Cierto día descubrimos que las estrellas no se veían de día porque el ruido solar eclipsaba su brillo, mucho más discreto. Empezamos entonces a desarrollar instrumentos para descubrirlas, aun en pleno día. Unas pocas se alegraron de nuestro interés, aunque la mayoría expresó su añejo dolor por no haber sido reconocidas antes. Lo entendimos y redoblamos nuestros trabajos.

El sol se entristeció por dentro pero se manifestó con furia hacia fuera. Su calor y brillo arreciaron con intensidad durante un largo período, en que no fuimos capaces de divisar ninguna estrella con nuestros precarios instrumentos. El sol llegó a pactar con la luna y las nubes para ocultarnos la visión de todos los demás astros y planetas durante la noche. Sentía que se había cometido una injusticia con él, pero olvidaba la veladura original de los otros millones de astros. Ellos reaccionaron con descontento, emitiendo todo tipo de radiación para competir por un espacio que nunca antes habían tenido.

Eso nos llevó a dos alternativas infernales: el aumento de temperatura o la radiación. Se nos ocurrió chequear cómo convivían todas las especies en nuestro planeta. Ellas se vinculaban a través de diversas formas de simbiosis. Nuestra especie, contemplada desde esa perspectiva, aparecía especialmente renuente a compartir su ecosistema. El sol de día, las estrellas de noche, los instrumentos de contemplación artificiales para quienes quisiéramos desafiar la iluminación natural…

A fin de cuentas, había un espacio y un tiempo para cada brillo, era nuestra perspectiva humana la que estaba buscando encajar el infinito en un cubo, con evidente desastre. A partir de ese momento merecimos el nombre de terrícolas.