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Extrañeza


Puente de las manos en Ba Na Hills


Cuando me despierto tengo los ojos hinchados. Mi cara así me recuerda a fotos de la infancia. En esos momentos el mundo pasa a través de los párpados en dosis limitadas, hay un autoregulación que permite asimilar solo algunos estímulos.


No es solo la vista; es como si todos los sentidos estuvieran así, algo entrecerrados. Hilachas de imágenes oníricas se cruzan aún, y la sensación nítida de que mucha información pasó y se perdió en las horas de sueño profundo. Preciosa información robada para siempre a la claridad de la vigilia.


En medio de la noche, mi propio sonido me despierta. Puede ser una risa o un ronquido, raras veces una palabra, y lo encuentro ajeno como cuando jugamos a confundir los dedos e intentar mover uno en particular que ya no nos obedece, como si se hubiera interrumpido el cableado interno que permite mandar la orden. Mis sonidos del sueño llegan desde otro mundo y tengo que hacer un esfuerzo enorme para reconocerlos en la oscuridad, saber que son tan míos como un dedo de la mano.


Yo soy esto. Y también esto. Y algo que todavía no sé. Soy también lo que aún no es. “Soy” puede ser únicamente “estoy”.



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