Corpografía de un nuevo año



Tribu del valle del Omo, en Etiopía






Yo quiero cruzar con la barrera

y que me pisen, que me pisen, que me pisen.

Sumo

Estoy sentada entre los brotes, adorando ese lustre de lo recién estrenado. Sin rayaduras. Y al mismo tiempo pensando en la magia del tiempo y en el uso. Cuando eras chiquito tenías un diente recién nacido pero ya gris, ya marcado por algo, un diente no bebé en esa boquita sin pliegues. Me fascinaba que ya estuvieras golpeado por la experiencia, desde tan temprano.

Embarremos un poco las cosas. No dejemos nada por estrenar. No hace falta romper, sólo permitir que el uso deje su pátina. En los libros, que se ondulan por dentro y por fuera cuando se leen en la bañadera. En las mesas, que se rayan y se marcan cuando te dan ganas de hacer un collage y no hay tiempo para todos los preparativos. En los cuerpos, que se van manchando, arrugando o tatuando, coleccionando registros de lo acontecido (hay quienes saben leer esa corpografía).

En los vínculos no intentemos corregir, no hagamos como si todo eso no hubiera sucedido, y al mismo tiempo veámonos, abracémonos, juntémonos a festejar. Convivamos con el malentendido y la incertidumbre. Generemos una piel resistente y permeable para intercambiar apenas lo que quieran les otres, no forcemos un comercio no deseado, seamos inmensamente felices con la libertad de quienes amamos.

Adoremos el tiempo, con toda su magia transformadora. Miremos cada arruga como una afirmación, un desvío de la muerte. Acerquémonos al mundo de los recién nacidos y de los próximos a morir, pero que no sean nuestros familiares. Que sean otras personas. ¿Cómo es posible que todas nuestras amistades entren en un rango de veinte años? Vamos a coser una trama intergeneracional desmarcándonos de los lugares esperados. Seamos aprendices de la niñez y docentes de la madurez.