Caosmos


Caosmos


¿Existen o no las jerarquías en una cultura matriarcal? Definitivamente sí están los roles. Lo que parece no existir es la coerción, los recursos de imposición del poder. Pero hablar de culturas matriarcales es meterse en terreno cenagoso. Mejor escribir sobre mi lugar, que se puede construir como se quiera.

En mi lugar es más importante el rol que la biología. Tener vello en la cara o un útero no determina los gustos ni las obligaciones. Eso es algo que se va conformando a medida que las experiencias, combinadas con algo más recóndito, nos van moldeando. Así el género es una construcción temporal, un resultado parcial, un aquí y ahora que mañana puede ser distinto.

Es más relevante el vínculo que el ADN, nada está dado a priori por el parentesco sanguíneo. No es obligatorio querer a la tía o al abuelo. Lo que hay son asociaciones espontáneas, por proximidad emocional y física, que van a prosperar más o menos en el tiempo según la energía que se invierta en esos encuentros (es casi como sucede fuera de mi lugar, pero sin hipocresía y sin sentimiento de culpa). Tener que querer es de lo más desafortunado.

La jerarquía en mi lugar (del latín hierarchia, “jerarquía eclesiástica”, compuesto con el griego hierós, “sagrado” y árkhomai, “yo mando”) es como el agua entre las rocas: algo que tiende a llenar todos los espacios. Está presente en cada vínculo, pero no se puede arrebatar ni conseguir por la fuerza: se trata de una dádiva que sólo pueden otorgar quienes no la tienen. Y con facilidad se pierde.

Los pactos sociales no están escritos. Se leen en las constelaciones, en el baile estacional de las corrientes de aire o de agua, en las historias que se comparten ante un fuego. Cuando alguien rompe esas normas sutiles pero omnipresentes, le toca seguir su curso en busca de otros territorios culturales.