Bajar la montaña corriendo


Fresco de la taurocatapsia, Museo Arqueológico de Heraklion



Hoy nada pudo ser planificado. Llegué a Creta en barco a la madrugada, pensando en tomar mate. Con el mate me fui a la playa, con planes de quedarme. Pero después del primer chapuzón empezó a soplar un viento arenoso que arruinó mi mate y me invitó a irme. Pensé en comprar frutas y nueces, pero lo dejé para más tarde. De vuelta en el hotel pensé en escribir o leer, pero en vez de eso me fui a la piscina. Me dispuse a no hacer nada pero me puse a escribir y a leer. Ahí me agarró el hambre y caminé otra vez hasta la playa en busca de alimentos. Compré todo lo que había de frutas y nueces, y aún así era bastante poco. A la vuelta me puse a estudiar mientras comía, pero mi intención era practicar antes de comer. Después sentí que no iba a poder escapar  de la siesta, antes de bañarme y practicar. Pero previamente a dormir me puse a resolver unas cosas por teléfono. Mi siesta se postergó y al mismo tiempo terminó espontáneamente mucho antes de lo pensado, total que fueron unos vente minutos de sueño. Con todo el ímpetu me preparaba para ir a la piscina con la computadora, pero me acordé del plan: bañarme y practicar. Hice lo primero, lo segundo lo dejé para más tarde. Alguien me recomendó por mensaje que tomara un mate, entonces fui a por ello. Acá estoy en mi cuarto, afuera son las cinco y hay un sol rajante, debería practicar y ver el atardecer en el mar, pero este día está predestinado a escapar a todo plan.

 

Vislumbrar el momento siguiente es una práctica tan instalada que cuando el plan se desmiente sistemáticamente, se puede tanto volver a un sentimiento infantil de incertidumbre bienhechora, como ir al lugar de la frustración y el capricho.

 

Constatar la fragilidad de los planes que diseñamos con dedicación y no poca expectativa nos baja de un hondazo de la cima de nuestra omnipotencia. Siempre se puede caer de diferentes maneras: a los tumbos, resbalando, con o sin gracia…

 

Eso me recuerda otro viaje en el que vi a una persona puro sudor y piel curtida bajando de la montaña a la carrera y sin calzado. No se podía saber si estaba siendo arrastrada irremediablemente o si tenía control de la situación, probablemente a cada instante encontraba un punto de equilibrio entre ambos estados, de forma tal que le vimos mucho tiempo después, cuando terminamos de bajar la cuesta caminando y con abrigos, zambulléndose en un arroyo tan sonoro que ahogó nuestros comentarios.