Anonimato


Obra de Guim Tió


Es difícil salir de la exigencia del yo-yo-yo. Hay que ser una persona única, atomizada, irrepetible. Hay que sembrar donde no hay surco y cosechar a la vera del desierto. En otras épocas, en cambio, la gente hasta se autobautizaba con el nombre de quien le había precedido en la construcción de algo que merecía ser continuado por más de lo que dura una generación humana. Legiones de personas aplicaban su vida a una sola tarea, por ejemplo a la memorización de un texto, que probablemente nunca tuvo pretensiones de no ser anónimo.

Lo que habrán pensado quienes siguieron la huella de esa creadora de mundos: quiero escribir esa palabra. Quiero dibujar esa línea. Quiero pintar el cuadro ya pintado, la danza ya danzada. Quiero hacer lo mismo que hizo. Repetir sin decidir. Pero también: quiero continuar el trazo, el gesto, el pensamiento. Ver qué curso va tomando la obra después de que me sumo a la tarea. Dejar mi marca aunque no se sepa que es mía.

Pasamos de la inexistencia de la firma a la dificultad casi infranqueable de hacer algo anónimo (habría que borrar todas las huellas pero no es nada fácil, dicen que en internet todo perdura, hasta ese fotolog perdido y ese perfil que te hiciste a los doce en una red social abandonada). Y es entonces cuando la coherencia tiraniza, en vez de ser un cauce de expresión. La coherencia pasa a ser el juicio de nuestros actos por personas ajenas, en vez de la desembocadura posible de nuestras tendencias.