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Actualización


Obra Esfera humana, de La fura dels baus



A los diecinueve años escuché esa palabra por primera vez. Recorrió los laberintos y resonó en cada recoveco. Retumbó en espacios que parecían haber sido diseñados para danzar al son de esa música. Tuve la sensación nítida de no poder abarcar con el pensamiento la totalidad de esa simpatía, tal como un tímpano no acompaña las frecuencias que escapan a cierto espectro.


No me inquietaba, pero se traslucía un dejo de soledad en el concepto, e incluso de arrogancia: no necesitar de nadie más. No obstante seguí adelante, porque a veces seguimos contra todas las evidencias, contra todos los argumentos, con una certeza celular —otras personas dirían "emocional"—, en el sentido de no basada en la lógica.


¿Cómo podemos aspirar a la autosuficiencia sabiéndonos una especie tan dependiente de los demás individuos? ¿Hay que ser asceta en la montaña para probar que se puede? La clave parece estar en dónde se hace el recorte: cuál es la frontera de un ser.


A los diecinueve años no tenía ninguna duda con relación a dónde yo empezaba y terminaba, si bien el cuerpo es siempre una multiplicidad, una convivencia interdependiente de microorganismos, una asociación constante con lo que aparentemente no somos. Hoy parece que mi piel no es límite, parece que en estos años me uní simbióticamente a otras células, humanas y no humanas, que me conforman tanto como esta mano que escribe. El ideal de autosuficiencia pasó a ser gestáltico, gregario. Actualizar página.

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