El nombre


¿Cuándo aparece la necesidad de nombrar, las ganas de bautizar un objeto, un estado de ánimo o un ser? Me gusta cuando me llaman por mi nombre, pero algo muy distinto es inaugurar, decir por primera vez (¿inventarlo o descubrirlo?) el nombre de algo o alguien. No puedo imaginarme qué se siente, no tener nombre y pasar a tenerlo. Desde que tengo memoria me llamo de esta forma. Pero mi biblioteca no. Este conjunto de libros y muebles que llamo mi biblioteca ahora recibirá un nombre, que denomina un conjunto más complejo: los libros, los muebles y los contenidos que susurran cuando paseo la vista por los lomos de cada título.

Todo lo que nace, crece y vive bajo el sol tiene nombre. Derridá tenía un altillo-biblioteca atestado, que llama “mi sublime” en el documental Por otra parte, Derridá.

El segundo paso, después de bautizar, es decir el nombre. Hacerlo existir, comunicándolo. Si sólo existe en mi pensamiento, dudo de su existencia. Entonces quiero escribirlo, contándote cómo se llama mi biblioteca, pero me doy cuenta de que su nombre es impronunciable, algo como klfdhasilfy o hshrtguerhk. ¿Uno u otro? No estoy segura. Lo que es claro es que no se trata apenas de una elección sonora.

Ayer, por primera vez después de semanas, conversé con personas desconocidas. Uno comentaba que la pandemia es parecida a la explosión de una supernova, algo gigante de lo que no podemos escapar, algo aterrador y bellísimo. Enseguida pensé en lo sublime de Kant y en la biblioteca de Derridá, en el espectáculo sobrecogedor de la naturaleza y en las obras de todas esas personas que ocuparon un espacio en las estanterías del pensador argelino.

Mi biblioteca permanecerá sin nombre, está decidido. No puedo evitar sentir que nombrar es poseer, o al menos un intento de apropiarse. Voy a esperar todo lo posible, a dejar que el anonimato haga su fermentación en silencio, hasta que un nombre brote como un pimpollo.