Aunque tengas razón


Ave auxiliar, de Pedro Ruiz

Si te invito y declinás, todo está claro. Si te invito y aceptás, pero me dejás plantada, me queda la duda. Por eso te invito otra vez, con la idea de descubrir si querés o no, y vos podés declinar, aceptar o repetir la dosis. Cualquiera de las alternativas me parece definitoria, me hace tomar decisiones. Vos tomás también tus propias decisiones y podés replicar con una invitación inesperada aun después de haberme plantado dos veces, pero yo ya sé a lo que me expongo, entonces puedo elegir quererte igual, o no.

Cuando la invitación es portadora de un reclamo, un resentimiento previo por las invitaciones rechazadas, se vuelve un expulsor automático. Si en cambio se resetea el espíritu y surgen renovadas las ganas sinceras de compartir, sin carga de expectativa, sin tanto drama, con fortaleza pese al orgullo herido, es posible que la otra persona por fin acepte. La fortaleza es un ingrediente fundamental para dejar a quienes invitamos libres de decir que no. Y es porque nada puede estar lleno sin que exista la posibilidad del vacío, que esa disposición es tan perfecta.

¿Qué atractivo puede tener la correspondencia de le otre si no tiene la opción de negarse? No lo encuentro, salvo que se busque apenas satisfacer un capricho, no cultivar un vínculo. Personalmente acepto la invitación a un encuentro de aprendizaje cuando me parece de antemano útil, inspirador, cargado de contenido. ¿Cuándo acepto la invitación a un encuentro afectivo? Los parámetros para evaluarlo escapan a mi entendimiento racional, o tal vez simplemente huyo a la tarea de enumerarlos (encarcelarlos). Definitivamente no acepto la invitación cuando hay un tufillo de reclamo, aunque sea por amor, aunque tengas razón.