Des-propósito


Exhausted lovers, de Hokusai

No tener propósito, ¿es no saber lo que querés?

¿Cuándo encontrás un propósito? ¿Será cuando que empezás a interpretar el pasado y a trazar las líneas del futuro a partir de eso que ya sucedió? ¿O, por el contrario, cuando te imaginás el provenir con un sentido distinto al de la trayectoria recorrida?

Le temo al encierro, al momento en que el compromiso se vuelve carcelario; a caer en la propia trampa de la coherencia, de seguir una ruta previamente trazada por miedo a dispersarse con los encantos que surgen en el trayecto. Si nada de esto te resuena, no hay duda de que tu propósito fue bien construido. Si algo de esto hace eco, entonces tal vez exista otra forma para vos.

Si buscamos definirnos, el marco debería ser tan amplio que permita una movilidad lúdica y una repregunta frecuente, a riesgo de apagar la felicidad, que no es una consecuencia menor.

Hokusai fue un grabador y pintor japonés que me resulta de lo más inspirador. De hecho, no es el primer artículo en que lo menciono. Tiene una pintura archiconocida, La gran ola, y después una sublime serie de vistas del monte Fuji que lo volvieron famoso. La cuestión que no deja de sorprenderme es que Hokusai recién abordó los trabajos que lo hicieron pasar a la historia hacia los setenta años. Esto escribió él mismo: [...] a la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de cincuenta había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de setenta años. A los setenta y tres finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de ochenta años habré hecho un cierto progreso, a los noventa habré penetrado más en la esencia del arte. A los cien habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los ciento diez, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia […] Murió a los ochenta y nueve y produjo hasta el final.

Durante su vida adulta, Hokusai hizo todo lo que pudo para sobrevivir a través de la técnica de grabado que había aprendido: tarjetas de felicitación, invitaciones para el teatro kabuki, ilustraciones de libros de poemas… Se nota que no le resultó nada fácil. Cambiaba constantemente de domicilio (tuvo más de noventa residencias) y de nombre, y enviudó dos veces.

Pero hacia el final de su existencia, el virtuosismo que siempre había manifestado dio paso a la creación, como uno de esos bombones que uno muerde sin saber qué sabor tienen, adivinando que el gusto del chocolate va a dominar la combinación, cuando en realidad aparecen capas, momentos y dejos insospechados.

¿Será que si Hokusai hubiera redactado y repasado mentalmente su propósito cada día desde edad temprana, no se habría atado, impidiendo la irrupción tardía de su talento?

No hay forma de saberlo. Pero me sigue pareciendo mágico el hecho de descubrir a los setenta años ⎼y los setenta de hace casi dos siglos no eran los setenta de ahora⎼ una forma distinta de crear, de moverse en los márgenes del paradigma, de estirar todo lo posible los límites. Un propósito que contemple esos desplazamientos ¿puede ser enunciado con palabras?