Desprolija


Sin título, de Cy Twombly

Un recipiente se llena de diferentes elementos. Si tomás a dos niñes preescolares, cada une en su casa, y les das la consigna: simplemente llená este frasco, ellos van a meter en ese espacio autitos de juguete, agua, tierra, plastilina, algún que otro bicho. Es posible que ambos consigan superar el desafío, pero nunca con los mismos contenidos.

En la infancia y en la adolescencia nos piden una y otra vez que llenemos recipientes con contenidos idénticos, pero nunca el éxito es uniforme, porque cada une trae en su bagaje distintos materiales.

Lo que más me costaba en la escuela primaria era la prolijidad. Una vez borré con tanta insistencia una hoja de cuaderno que le hice un agujero. No quedaba más remedio que arrancarla, pero las hojas de cuaderno no se arrancan, todes me lo decían, el cuaderno se iba a deshacer… Mi recuerdo del momento es que yo estaba arrancando algo irremplazable.

En mi bagaje particular de conocimiento no estaba la prolijidad. Aprendí con mucho sufrimiento. Mis únicas amonestaciones las recibí en la clase de dibujo técnico, por contestar mal a una profesora que me desaprobó un trabajo desprolijo. El colegio terminó y me siento más libre, hice de todo por llenar mi frasco de una cualidad que no tenía. Y la gran pregunta es ¿ahora sí soy prolija? Ahora, sólo soy temerosa de las consecuencias. Cada vez que me encuentro frente a una hoja en blanco, transpiro.

Podríamos inventar otra forma de evaluar. Lo importante es llenar el recipiente, con lo que quieras, con lo que encuentres, con lo que tengas por ahí o les sobre a tus compañeres. ¡Esa forma es tanto más parecida a como nos las arreglamos en la vida! ¿Hay alguien acaso que tenga todas las herramientas, que haga un uso experto de todos los recursos? Parece que a eses les va muy bien en el colegio, pero después…