Desenmascarando la moda (así me enseñó la vida)


Fotograma de la película El planeta salvaje

Las uñas bien cortitas. Las uñas largas se enganchan, se rompen, molestan en el contacto con les otres, en la caricia y en el agarre.

La barba inexistente o crecida, porque tanto en el primero como en el segundo caso puede lograrse suavidad en el contacto. La barba de tres días, durante los besos, puede lijar la cara de les otres.

El pelo, de una longitud suficiente para el agarre (puede ser dos centímetros, pero que haya algo), y si es con un peinado, que permita hundir los dedos en la raíz. Estos dedos pueden salir por el mismo camino por donde entraron, no hace falta rastrillar.

El perfume corporal… digamos que es preferible olerlo que comerlo. Si estás muy perfumade con algún producto corrés el riesgo de que le otre lo sienta en la lengua, y eso puede llegar a ser demasiado invasivo (aunque sea rico, como el perfume del chocolate, lo tapa todo). Es bueno poder sentir el olor de la piel: si me gusta, es un delicioso descubrimiento. Si no me gusta, tarde o temprano lo iba a descubrir, mejor temprano que tarde.

Los tiempos: si une tiene ganas de seguir, de parar, o de acelerar, ¿qué mejor que expresarlo? (no necesariamente diciéndolo, sí haciéndolo saber). Guardar el secreto hace que le otre no entienda nada de tus intenciones, o que se postergue una revelación que eventualmente va a llegar. Si sos apurade o demorade, ansiose o pasive, tanto mejor que te des a conocer pronto, lo mismo que con los perfumes.

Llegado este punto, me pregunto si este escrito impide que en el futuro me gusten las uñas largas, la barba de tres días, la cabeza rapada, los perfumes pregnantes y disfrazar las intenciones. Y me alivio pensando que, como dijo Charly García (y mi amigo Daniel no se cansa de citar), no hay milagro en la contradicción.