Poner nombre a todas las cosas


Hiding in the city, de Liu Bolin

Las cosas que no bautizamos quedan en el terreno de lo ignoto. Casi que no vemos si no nombramos. Y como al nombrar limitamos, todo lo que no tiene nombre parece mucho más vasto, casi infinito, si se compara con el mundo conocido.

Hasta que no lo contamos no existe, y para contarlo precisamos palabras. Ellas nos llevan suavemente de la mano hacia lugares conocidos, nos acompañan a sentarnos dócilmente en una butaca designada con una letra y un número. Estamos aquí y no allí, nada de emparentarse con nuestras unidades cuánticas, que pueden estar en más de un lugar al mismo tiempo. Tal vez eso nos pese, una nostalgia del indeterminismo de las partículas, como se extraña a la madre o estar en el útero.

Esto o lo otro. No se puede en dos lugares. Las olas del mundo nos amontonan aquí o allí, y somos tan una sola cosa que no logramos desdoblarnos y conocer varias costas a un tiempo. Una por una, sí. Paciencia.

¿Podría nuestra conciencia desarrollar otra forma de percepción, en condiciones específicas de crianza y educación? Imagino una forma menos lineal y más cuántica, más múltiple en su presente, más ávida y más apta para experimentar realidades paralelas. No lo sé, pero me cuesta concebir otra búsqueda tan ambiciosa y tentadora como esa.