Mito y realidad



The Fish Doesn't Think Because The Fish Knows Everything

(Axel, In Arizona Dream), de Christian Marcel



Me pregunto qué ven los peces, que tienen un ojo a cada lado del cuerpo.

Las personas amontonamos todo lo que existe ahí al fondo. Las banquinas paralelas a los lados de la ruta, que por definición no se juntan, terminan encontrándose entre sí y con el horizonte, en un ménage à trois que no excluye otros elementos del paisaje lejano como árboles y animales. Nuestra visión crea un agujero negro que todo lo imanta y se aleja infinitamente a medida que os acercamos.


Buscar el punto de fuga en el espacio es como intentar llegar a donde nace un arcoíris. ¿Existe algo así como la cuna del arcoíris? Convivimos con estas imágenes, las representamos, les damos entidad en nuestra vida cotidiana, ya sea como efecto perceptivo o mito literario. Forman parte de esa legión de cosas que oscilan entre ser y no ser.


Mirando los vestigios de sociedades enterradas encontramos la genealogía de sus héroes entrelazada con las divinidades: nos llega, a través de las tragedias de Sófocles y compañía, que Egisto y Clitemnestra mataron a Agamenón, el general aqueo vencedor en la guerra de Troya, que parecía una ciudad inventada por Homero (ese narrador que tal vez fueron muchos narradores) pero que un arqueólogo desenterró. Agamenón era hijo de Atreo, mientras que Egisto era vástago del hermano enemistado con Atreo, Tiestes. Estos dos últimos eran hijos de Pélope, nietos del fundador de Micenas, Perseo, quien mató a la Gorgona y era retoño de Zeus.


¿En qué momento dejamos de lado el mito para pasar a la realidad? Lo que consideramos “real” va cambiando. No es que todo sea un efecto perceptivo como el punto de fuga, pero cuando reemplazo mi atadura a la certeza de qué es real y qué no lo es por un hilo más suelto (más largo, más elástico…), también logro concebir que a los peces no se les arma un punto de fuga al final del campo visible.