Bajar la guardia

May 8, 2018

 


Imagen de la película Fitzcarraldo, de Werner Herzog
 

 

 

Escribo bajo la lluvia, con viento y fresco en la cara. Me abrigo lo suficiente y me traigo el mate para afuera, mate de la pava directo, porque tengo una que me encanta y que ningún termo supera.

Miro la selva inspiradora que me rodea, ya me dijeron que parezco una vieja con todas estas plantas, ¿será un síntoma de vejez querer rodearse de verde? Despego un poco la raíz de mi pelo del cuero cabelludo, así las ideas se expanden como una esponja en el agua, se hinchan y se hidratan.

Periódicamente seco la pantalla porque gotículas la alcanzan, hasta que me pregunto seriamente sobre la robustez de mi laptop ante factores como el agua. Y el aguacero se intensifica y pienso que tengo que meterme adentro, otra vez al escritorio acogedor que resuelve los rigores de la intemperie. Pero un poquito más, está tan lindo acá.

La lluvia me gana. Y mientras espero que las palabras me guíen a buen puerto pienso en cómo las cosas te alcanzan, por qué un cuento o un video o una poesía te pegan en el centro del pecho, mientras que a otros te da fiaca leerlos o mirarlos y te pasan por al lado. Concluyo que en ese filtrado tiene gran responsabilidad la persona que te los muestra, la que por primera vez les abre la puerta para que entren a tu vida.

Una parte de la persona que te hace una recomendación llega hasta vos junto con ese contenido. Inevitablemente se fusionan el mensaje y el canal, y vos como receptor podrías hacer un esfuerzo para separarlos, pero es más difícil que distinguir entre el agua de la lluvia y el agua del mate, si estuvieran juntas.

Hago un esfuerzo para evitar el prejuicio, pero al mismo tiempo descubro que necesito filtros. ¡Hay tanta cosa que golpea a las puertas de la percepción! Miro mis prejuicios con ternura: son mezquinos, pero me ayudan a no abrumarme con la marea que está acá al lado, esperando que se abra la mínima hendija para colarse. Me pregunto cómo sería no tenerlos, jugar a ser menos censora de lo que me alcanza, y me doy cuenta de que aunque no llueve menos, tengo muchas ganas de salir al balcón. Ahí voy.


 

 

 

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