Es el otoño




De la serie Womankind, de María María Acha Kutscher


No depende de mí. No hay nada que pueda hacer para evitar que estas hojitas se pongan amarillas y eventualmente la planta quede pelada. Algunas cosas (casi todas las cosas) exceden mi voluntad de control. Vos sentís que las cosas del mundo pasan allá afuera, que en tu hogar no entran la corrupción ni las violencias. No pensás que aquel abrazo incomoda, no tenés la disposición de vibrar en la sintonía del otre, a detectar su falta de ganas, porque al fin y al cabo termina siempre aflojando.

Es que son las reglas de la civilidad. ¿Cómo no vamos a aflojar, si de lo que se trata es de no despertar al monstruo que puede residir en la persona que nos mira con cariño y deseo? Entonces aflojamos, y sentimos cierta suciedad por dentro. Pero ya pasa.


Y otras veces ejercitamos la intransigencia. Como a nadie le gusta, nos vamos alejando del mundo, de las otras personas que quieren un abrazo y ya, o tal vez algo más. En medio de una pandemia mundial, nuestra distancia se monta a la distancia social obligada, a nadie le llama la atención que estemos un poco incomunicades. Por un buen tiempo disfrutamos secretamente de la soledad, del tiempo libre, de no tener que entrar en la disyuntiva entre civilidad e histeria. Porque no nos queda otra: o cedemos o somos tildadas de histéricas. ¿No nos queda otra?


Uno: abrazar primero. Volvernos invulnerables. Ceder siempre y banalizar el hecho, sin que nos importe atender a nuestras ganas ni el juicio ajeno. Crear un callo. Apostar a que las partes del cuerpo que más usamos van perdiendo sensibilidad (habría que comprobar si eso es cierto).


Dos: no permitir. Rechazar. Decir “no” todas las veces que nos venga en gana. Poner a prueba a nuestro entorno y ver qué vínculos sobreviven.


Tres: vestirnos y maquillarnos de forma tal que no despertemos el deseo. Esto no va a ahuyentar a quienes ya nos quieren, sólo a las personas rasas que no saben conocer.


Saltar por el balcón. Que me crezcan alas. Visitar a les amigues. Vibrar al unísono. Amarse de las mil y una formas. Todo esto no excluye lo anterior. Es importante escribirlo porque podemos olvidarnos. Es decir: a veces hace falta hacer un ayuno para seleccionar mejor los alimentos a partir de ahí.