Susurros del mundo

May 24, 2020

 

 

Morpheus Hotel, de Zaha Hadid Architects

 

 

Me pongo a hablar de algo que no entiendo, desde un primer momento. Intento apresarlo con palabras y delimitarlo, pero sabiendo de antemano lo restrictivo de este proceso y lo empobrecedor que puede resultar. Al mismo tiempo adivino que se trata de la única fuente verdadera de mis escritos, de mis ideas, de mis palabras. Cualquier otro punto de partida está muerto de antemano.

 

¿De qué sirve escribir sobre lo que se tiene claro, decir lo que se piensa, lo que todes saben que vos pensás? Es como acariciar al gato que vive en tu casa, que no tiene a dónde ir, que no está con vos por elección (aunque tal vez sí, finalmente, por cansancio). El cariño garantizado de un ser que no puede no quererte.

 

En cambio decido lanzarme a una inmersión en la materia de los sueños, en la textura poco clara de algunas imágenes que me rondan, intentando que en el afán de diseño no se pierda del todo lo amorfo. 

 

Estoy pensando en los presentes posibles. En las elecciones adyacentes a las que hice, en las posibilidades no concretadas: yo viviendo con otras personas, yo realizando otras actividades, yo sintiéndome de otras maneras, yo despertándome en otros espacios… Sueño con una casa nueva construida delante de la antigua, en el mismo terreno; la casa antigua abandonada y habitada por animales y plantas; la nueva, lista para habitar. Mi mamá me insta a visitar la antigua y yo no quiero, para qué, le digo. No quiero ver lo que ahí quedó del pasado. Pero crece adentro la pregunta: ¿qué hacer con el hogar material de todas esas memorias? ¿Derruir la casa o limpiarla y habitarla nuevamente? No puedo pensar en eso ahora. En mi sueño postergo la decisión, cosa que en la vigilia no suelo hacer. 

 

Un sentimiento de urgencia me impulsa a acelerar algunos pasos que claramente no avanzan por el camino deseado. Tomar la decisión se vuelve el objetivo primero, después se verá a qué futuros conduce. Pero últimamente me niego con rebeldía a este destino de certezas. Las personas se desconciertan a mi alrededor, esperan las definiciones habituales, u otras, porque siempre estoy ofreciéndolas en abundancia. Pero ahora no, ahora el mundo me habla, me revela la ingenuidad de estar segura, me invita a entrar en una adolescencia tardía en que las preguntas tienen más vitalidad que las respuestas.

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