Ropa exterior

June 22, 2019

 

Eva La fuerza, de Nicola Constantino

 

¿Alguna vez te dio curiosidad ese hábito que agrega a la piel otra piel, que no abriga e incluso dificulta la respiración, como es el caso de los corpiños?

 

Empecé a preguntar a mis amigos por qué usaban calzoncillos. Varios que suelen llevar prendas más flojas habían optado desde hace tiempo por prescindir de ellos, pero la respuesta más escuchada fue que “sin calzoncillo, molesta”. Ciertamente los genitales masculinos se mueven, cambian de estado a lo largo del día. La misma contestación escuché de boca de chicas con bellos pechos prominentes. Me llamó la atención que una parte del cuerpo “moleste”, y pensé que probablemente sea la falta de costumbre.

 

Con las chicas también fui conversando. La teoría te puede mover a la reflexión; la práctica te da un cachetazo en plena cara. Algunas de mis amigas jamás usaban ropa interior, desde hacía años. Lo que me impresionó es que no solo vestían pantalones, sino soleros y polleras cortas, con total soltura y ausencia de paranoia, sin indicios a la vista, al menos a la mía. 

 

La experiencia personal era lo que faltaba para descubrir en carne propia si la ropa interior cumple alguna función más allá de adornar. Y estas fueron mis conclusiones. 

 

La bombacha se reveló de alguna utilidad apenas cuando usé pantalones de tipo jeans, porque esa tela raspa. Pero después de algunos ensayos, mi tendencia naturalmente se inclinó por otras telas para vestir, más agradables a la piel y que dejen más espacio para respirar. Todo esto me pareció lógico y hasta lo sentí una evolución en mi forma de vestir, hacia prendas más amables que no intentan amoldar el cuerpo. Por otro lado, demandó más lavados semanales. 

 

El corpiño pasó a desuso para siempre, a no ser que realmente me dé placer y que se vea, porque entonces pasa a tener una función estética como otra prenda, no de abrigo ni de comodidad. Claro que la línea invisible que coarta la respiración y disuelve la forma del pezón cumple una función disuasiva para las miradas zarpadas. Es un gran desafío de reeducación conversar con una persona cuya mirada tiende a desviarse hacia abajo, es simpático cuando no puede evitarlo y se aflige, provocador cuando se arroga un derecho que no se le concedió. Todo esto puede corregirse, pero es cierto que hay que tener ganas. A veces simplemente te despertás sin esa actitud pedagógica. Esos, para mí, son los únicos días adecuados para el jean y el corpiño.

 

En mi lugar, las personas caminan por la calle y su cuerpo se mueve. Debajo de los abrigos se respira libertad. Y nada molesta, porque se acostumbraron al roce y al cambio de estado. Porque las miradas están familiarizadas y no se obsesionan con un pecho más que con un ojo.

 

 

 

 

 

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