En esa galaxia azul, que todavía no me toca

February 23, 2019

 

Viviendas hidroespaciales en la constelación de Yael, Gyula Kosice

 

 

“Si no hablo de mí, de quién voy a hablar”

El título del artículo y la frase son de Javier Martínez.

 

 

(Escribir siempre sobre las mismas cosas. Reflexionar como una forma de vestirse una cantidad limitada de ropa, de combinarla hasta agotar esas posibilidades que parecen pocas y son muchas, pero finitas. Y después, bucear en lo profundo, porque otras cosas tienen que aflorar a la superficie, otros seres inmensos que viven en el fondo del mar, ignotos para la mayoría de los seres de la superficie). 

 

Cuando mi abuela hablaba de figuras públicas, estrellas de la televisión o personajes diversos, mi abuelo la censuraba en el acto. El mensaje que me llegaba era que no se podía perder tiempo con esas cosas. Mi abuelo, sin embargo, no era una persona apurada ni un workaholic. Iba todas las mañanas a su taller, pero a la una ya estaba de vuelta en su casa, para almorzar y dormir la siesta. Supongo que después de la siesta escribiría, libros y cartas, una enormidad de correspondencia.

 

Era un moderno en el sentido que la palabra tuvo en la primera mitad del siglo pasado: un artista como lo fueron les primeres impresionistas, aplicades a la producción sistemática, a la investigación sin pausa, pero sin excluir la conversación y los momentos de ocio creativo. Claro que mi abuelo detestaba a les impresionistas. En realidad, mi abuelo detestaba a casi todes. 

 

La cuestión es que me marcó la censura de lo innecesario, por supuesto lo innecesario bajo una mirada sumamente parcial. Esa voracidad por el significado, esa preferencia por el silencio ante el parloteo, es algo que hasta hoy me cuesta administrar. Mi abuelo imponía los temas más vitales o filosóficos, y si no lo lograba, en sus últimos años simplemente se retraía, disfrazado de anciano apacible, sin engañar ni por un instante a los que conocíamos su vehemencia. Muchas reuniones familiares ⎼momento por excelencia de conversaciones surtidas, que si tocan lo profundo es de refilón⎼ transcurrían en su presencia sin involucrarlo en absoluto. 

 

Cuando él le daba un respiro, mi abuela se escapaba. Decía que se iba a tomar un café, pero en realidad se iba a vivir en su mundo, tal vez a conversar con amigas sobre las novedades de la farándula, tal vez a leer los mismos títulos de su biblioteca pero comprados otra vez para huir de los subrayados del marido, para mí tan preciados cuando encuentro alguno (subrayados dementes, con conclusiones que me toman desprevenida cada vez). Mi abuela Memé necesitaba un respiro de tanto significado. Yo la entiendo, recién ahora. Porque de chica siempre fui como el Tata.

 

 

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