La abundancia

December 8, 2018

 

 

Acuarela de Li Shan 

 

 

Un amigo me visitó estos días. Él se fue a vivir a una isla entre los meandros del Río Negro, en la Patagonia. Un oasis de fertilidad en el desierto. Me contó de sus nogales y sus ciruelos. Me dijo que apenas termina el invierno, lo primero que nace de las ramas esqueléticas son las flores. Sólo flores, nada de hojas.

 

Me dijo también que en las canaletas que sirven para el riego nacen plantas y que, si uno no usa venenos, se suma a la rutina de la primavera el recorrido de toda la extensión de esos conductos para arrancar las malezas que pueden interrumpir el paso del agua. 

 

Me contó que en la época de la cosecha, lo que hay que hacer es cosechar. Y que el invierno (creí entender) es el mejor momento para trasplantar, porque toda la savia está en las raíces. 

 

Su futura casa, que se está construyendo él mismo, no es una aglomeración de cuartos. Son distintos ambientes dispersos en medio del campo, porque es más fácil refrigerar y calefaccionar un ambiente que varios adosados. Entonces, si está en el living y quiere ir a su cuarto, saldrá al pasto y caminará unos pasos. Me confesó que últimamente está explorando la construcción subterránea, porque las entrañas de la tierra son perfectas para guardar el fresco en verano y la tibieza en invierno.

 

Desde hace unos años empezó a trabajar con miel. Y se apasionó por las abejas, lo contaba como si fuera una adicción.

 

Me reveló que el trabajo de un agricultor independiente, que no usa agrotóxicos, puede ser muy variado y dejar mucho tiempo libre. Le creí, aunque antes le había creído a Yuval Harari cuando leí su descripción de los comienzos de la agricultura, en que la declara una actividad muchísimo más absorbente que la caza y la recolección, que nos esclavizó un poco. Esta vez le creí a mi amigo sin reservas, aunque relate la experiencia de un solo hombre, por más que Harari sea un estudioso de miles de hombres y de historias.

 

Mi amigo vive en la abundancia. No tiene internet, tal vez pasen cinco años antes de que lea estas palabras. Pero no escribí para él: escribí para mí y para quienes visitan estas líneas, para que tengamos fresca esta información y esta sensación.

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