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Escribo. Todas las semanas. Al principio, la mayor parte de los textos parecían tener un único destinatario (las cosas que te decís escribiendo pueden ser sorprendentes); pero desde que empecé a compartirlos, se transformaron en punto de encuentro con el mundo.

Inundación

Sin título, de Liliana Porter Salgo a tomar un poco de aire. En estos días estoy tan sumergida que me siento un buzo, con traje y todo. A veces me lo saco para caminar por la calle, a fin de que otras personas no sospechen la anormalidad. Otras, solo me saco la escafandra, pero las patas de rana siguen haciendo ruidos raros cuando camino por las calles desiertas de Buenos Aires en cuarentena. Tomo unas bocanadas de aire y vuelvo a sumergirme. Una piel se rasgó y apareció un mundo, una multitud de seres expresándose, reclamando, sollozando, palpitando. Mi perplejidad ante esta visión repentina no tiene tiempo para manifestarse: tendría que haber puesto manos a la obra ayer, pero no lo hice y

La llave

Paneles clasificatorios de polvo, Yael Barcesat, 1998 ¿Voy al caos o voy al orden? Vivir, producir, disfrutar… todo puede volverse trabajoso, una labor rigurosa y exigida, o puede ser puro juego. Jugar a que escribo, jugar a que trabajo, jugar a que estudio seriamente un tema. A veces me siento una impostora, me vienen las culpas del sentido común, “la vida tiene que ser algo más serio que ese juego”. En un pasado muy remoto empecé a preguntarme sobre la proveniencia del polvo. Usé varios métodos de clasificación para descubrir qué compone esa materia omnipresente y mixta, que aparece en nuestro imaginario asociada al descuido y al desuso. (Hoy en día pasamos casi todo el tiempo en casa. El

Hacer fuego

Fotograma de la película "Persona", de Ingmar Bergman Elegí a esas personas porque gozaban más que las otras. Sin duda más que yo. Ante el mismo estímulo su gozo llenaba el aire con sonidos y movimientos, era imposible no envidiarles. Me habría encantado sentir todo eso, toneladas de placer ante un detonante nada pretencioso, casi anodino. Me costó llegar a respetar esa cualidad sensible, siempre dispuesta a interrumpir la concentración de un momento aparentemente serio con una risa u otra expresión de disfrute. Me costó sobre todo creer que se pueden afinar de tal forma los sentidos y gozar tanto con tan poco (poco para unos sentidos fuera de estado). Entonces decidí poner manos a la obra.

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