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Escribo. Todas las semanas. Al principio, la mayor parte de los textos parecían tener un único destinatario (las cosas que te decís escribiendo pueden ser sorprendentes); pero desde que empecé a compartirlos, se transformaron en punto de encuentro con el mundo.

Poner nombre a todas las cosas

Hiding in the city, de Liu Bolin Las cosas que no bautizamos quedan en el terreno de lo ignoto. Casi que no vemos si no nombramos. Y como al nombrar limitamos, todo lo que no tiene nombre parece mucho más vasto, casi infinito, si se compara con el mundo conocido. Hasta que no lo contamos no existe, y para contarlo precisamos palabras. Ellas nos llevan suavemente de la mano hacia lugares conocidos, nos acompañan a sentarnos dócilmente en una butaca designada con una letra y un número. Estamos aquí y no allí, nada de emparentarse con nuestras unidades cuánticas, que pueden estar en más de un lugar al mismo tiempo. Tal vez eso nos pese, una nostalgia del indeterminismo de las partículas, como s

Existir en voz alta

Las manifestaciones y las catalogaciones tienen el mismo efecto: posibilitar la comunicación en un mundo en que eso se volvió lo más importante. Es aburrido etiquetar, es molesto definirse y, sin embargo, si no lo hacés, corrés el riesgo de que el vecino a la vuelta de tu casa ya no sepa cómo encontrarte, ni dónde, ni por qué le haría falta encontrarte. Te ves constantemente impelido a rotularte, con lo difícil que es hoy en día: “soy licenciado en… pero trabajo de… y también… aunque lo que en realidad me gusta es…” A eso se agrega un sinfín de epítetos que en general no son verbales, porque no está bien visto el autobombo, pero sí visuales: decenas de fotos y videítos que muestran cómo sos,

A vos te digo

Brian Dettmer's book art Vos podés, vos tenés, vos sabés. Escribir en segunda persona es hablarse a uno desde afuera. Y de repente llegar a otro, rozar casualmente al otro, con una intencionalidad velada. Nunca hablar a otro desde la claridad de las conclusiones ya elaboradas sino desde la penumbra de la reflexión, que si se practica acompañado, conduce más directamente a la vereda del sol. Tengo permiso para sacudirte, entonces, porque es a mí a quien sacudo en primera instancia. Y si sacudo a otros, que sepan que reciben ese estímulo recién después de que me haya atravesado por entero, la médula al son de las conclusiones elaboradas en tiempo real gracias a su amable compañía. Como lector,

Pain au chocolat & Cirque du Soleil

La Humanidad cambió bastante desde el Imperio Romano. En aquella época, el pueblo se satisfacía con pan y circo. Hoy, exige pain au chocolat y Cirque du Soleil. DeRose Escuchando un reportaje a Liniers me llamó la atención lo siguiente: se hablaba sobre habilidades inútiles y él dijo que todo lo que hacía era inútil, que si fuera abandonado a su suerte en medio del apocalipsis zombi no sobreviviría ni dos segundos. Para él, están los que desempeñan las funciones “útiles”, como construir casas y cosechar, y los que se ocupan de para qué vivir, como los cineastas, pintores o filósofos. Porque ¿para qué estar vivo, si no hay diversión o trascendencia o reflexión? La explicación se muerde la col

Matemos al mensajero

Fotograma de la película 300 Es más, no le abramos la puerta, no escuchemos lo que tiene para decir, sigamos nuestra ruta como si nada, apenas el oído interno vibrando y emitiendo. Por un rato al menos. Un rato cada día. Tiene tanto para contarnos, tanto para compartir, tanta cosa buena flotando entre la chatarra, que es difícil negarse. Descubrir y clasificar el diamante camuflado tiene su atractivo innegable, y esto es un quehacer previo a la tarea de escuchar. Una hora entera sin recibir al enviado podría producir una acumulación de misivas, es desafiante ponerse al día después de eso. Hermes es el mensajero por excelencia, el intérprete, el que atraviesa las fronteras cargado de informac

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